Perderse para encontrarse

Me gusta perderme en entornos normalizados y diversos, en aquellos lugares que nada tienen que ver con la enfermedad mental. Así, mientras observo a mi alrededor, imagino que soy uno más, igual que el adulto sentado frente a mí en el primer vagón de metro. El vagón de las oportunidades. Me recreo en el viaje pensando que como él, soy licenciado y trabajo de lunes a viernes por ejemplo en un próspero bufete de abogados. Con la responsabilidad que supone realizar mi trabajo bien. Con la claridad de conciencia para luego disfrutar plenamente del tiempo libre, igual que la chica de al lado con los patines a cuestas.

Creo que soy afortunado de estar ahí presente, afortunado por estar cerca de iguales aunque sean extraños, por alejarme del diagnóstico que un día de hace años levantó un muro de cuatro paredes. Posiblemente la pared más peligrosa y dañina es la que tuve de frente con un gran espejo colgado en el centro y pinchos según vas subiendo la mirada. El espejo refleja mi figura deforme y borrosa, no soy capaz de identificar claramente la silueta. Los prejuicios y desconocimiento hacia lo que está pasando hace que aquel extraño del espejo comience un camino nuevo y de notable incertidumbre. Las paredes que tengo a los lados se averguenzan o se compadecen con frecuencia de mi mala suerte, me transmiten la fatiga de un camino seguramente difícil que provoque frustración.

Me llegan consejos para ocultar mi diagnóstico y sutilmente percibo que debo borrar de mi malograda cabeza las aspiraciones que alguien, a punto de terminar la universidad, tiene. Oigo a los médicos preguntas al margen de los síntomas, como por ejemplo, si tengo amigos o una red social amplia, o si procuro mantenerla llamando o viéndolos a menudo. Preguntas también a cerca de mi formación o perspectiva laboral.

Me gusta perderme, por eso busco consuelo junto a desconocidos. Imagino que como ellos no creo pertenecer a ningún colectivo en riesgo de exclusión social. Todos los extraños parecen ahora más cercanos. Posiblemente se avergüencen o les invada el terror si les digo que somos primos o amigos y tuve un trastorno mental hace tiempo que procuro olvidar viajando en ese tren.

Sería afortunado si ese vagón no terminara su viaje a la 01:30 horas de la madrugada. Se para y…¿ahora que?, salgo a la calle y estoy de nuevo en mi barrio. Otra vez las paredes anteriores me rodean sintiendo el peligro de aislamiento, exclusión o rechazo social. Otra vez, aunque rodeado con la gente de siempre que supongo me desea lo mejor, vuelvo a los fantasmas. A la vergüenza que supone el diagnóstico. De nuevo regreso a la emoción o rabia contenida que emana desvocada y sin control porque es injusto sentirte aparte. Porque la mayoría ya decidió por nosotros que no podemos ser empleados, aunque tengamos los conocimientos y aptitudes, porque somos locos. Porque la mayoría se compadece de tu mala suerte y se lamentan. Y de todos ellos, en un empleo ordinario, observaría cuántos facilitan que te adaptes de manera adecuada.

Es momento de que se conozca otra historia, una historia pocas veces contada. La historia del esfuerzo que supone mirar cada día hacia delante cuando se tambalean los pilares fundamentales que te mueven. Focalizar las energías en crear una identidad positiva que ayude a salvar eficazmente los obstáculos que la vida plantea no es sencillo. En definitiva, aprender a vivir de nuevo. Es ahí donde podemos ofrecer nuestra cara más cercana. Sobrevivir a la psicosis, a las voces, a la autocrítica severa y llena de culpa, a los delirios y mirar hacia delante con esperanza, queriéndote a cada paso para no hacerte daño. Me parece que es precisamente la parte que mejor retrata a los que padecimos el dolor de un diagnóstico de enfermedad mental. Todavía hoy en día, un grupo expuesto injustamente a las etiquetas que generan las falsas creencias y que arrastra aún mitos del pasado.

Algo no llega a ser verdad aunque se haya contado muchas veces de la misma manera durante mucho tiempo. Digamos que los enfermos mentales sufren a menudo todavía hoy las consecuencias del peligro que supone “la única historia”. Pocas veces se retrata el esfuerzo y la lucha que plantean estas personas frente a los juicios previos que hace una gran mayoría. La mayoría siempre escuchó “la única historia”: son violentos, imprevisibles, más inteligentes que la media, tontos, dan miedo, han sido o son adictos a alguna sustancia tóxica, vagos ,débiles o incapaces de mantener un empleo.

Es importante decir a la mayoría que detrás de ese fácil juicio mayoritario hay historias particulares de abusos, agresiones, accidentes desafortunados, o simplemente la mala suerte de la ley de Murphy. Si había algo que me horrorizaba antes de mi episodio era ser un enfermo mental. Todo ese rechazo se volvió en mi contra cuando me acompañaron al psiquiatra por primera vez, me autorechazaba y autoculpaba en silencio lidiando un duelo agotador.

No hace mucho tiempo los psiquiátricos estaban llenos de los que hoy eligen la esperanza en la recuperación. Tengamos la misma confianza en ellos que cuando te presentan a un desconocido vestido a juego, apretemos fuerte la mano sin prejuicios. Crecer en un empleo, tener una pareja, formar una familia.., debiera no sorprendernos tanto si hablamos de personas que sufrieron algún episodio crítico que terminó explicándose con un diagnóstico de enfermedad mental.

Pienso que, hoy la dificultad deriva en la inclusión del etiquetado como enfermo crónico, grave y degenerativo, a un entorno todavía no solo poco comprometido sino además poco solidario y en ocasiones cruel. Muy influenciado por lo que oye en los medios o ideas faltas de disciplina. Por decir un ejemplo , no solo son menos violentos que la media sino que sufren más agresiones ¿Vamos avanzando? ¡Ahora está en tu mano…!

Pakito García Barrera

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