El fin del fin

Ahogado en perdón y compasión, en inmundicia e impiedad, cubiertos de avaricia y estulticia sobrevolando la maldad, el índice de masa corporal cayendo por la ventana; una cervatana disparando letras. Esto se ha hecho tantas veces que no merece ni la pena decirlo: es el proyecto brillante, ha salido la luna y a veces el sol desaparece detrás y se esconde en la espesura del espacio infinito; la nueva tríada: el sol, la luna y las estrellas en un paseo de caballos desbocados: todos los dioses parlamentando en el Olimpo sobre una guerra a los corintios mientras beben Coca-Cola con desgana y a deshoras en el fin del fin, en el comienzo del principio como en cualquier otro precipicio, como vehículo de las substancias que alimentan un cerebro conectado a un placebo de verdad y santidad, sanado por la nada y la demencia, por el placer altivo de un pene que se levanta cada mañana al sonar el despertador diciendo buenos días, todos los días son buenos, tan buenos como el veneno que corre por mis venas robándome la vida que no vivo.

Corazones lunáticos, apáticos, con un sacacorchos en el ojo mostrando desprecio de tanto mirar cómo viven los demás en una pantalla de plasma donde ya no hay realidad. Se oyen los suspiros, se oyen los auspicios. Hoy toca paliza, el spray de la paranoia y el miedo, dos horas de hipnosis en el filtro de un cigarro, silencio, desierto, imágenes del horror, Lola con gafas de sol, el negro no es un color, son todos los colores. Huele a UME en el banco, en el pupitre de inglés, en mi cama, Urgencias de sinestesia. El umbral del placer alto, inmune al dolor. Podría clavame un clavo ardiendo en la cabeza y no sentiría nada de nada. Cuando no quema el dolor y sientes la caricia del aire y te sumerges en la ducha y tu piel es tan sensible que no soportas ni el roce de la ropa; cuando el roce de tu piel sobre la mano dura treinta segundos y es imposible tocarte; cuando te elevas en electricidad ajeno a todo y de tu pecho surgen desiertos perfectos en armonía duradera: en cada recodo de cada desierto una piedra esperando el tropiezo

Entre el regicidio y el deicidio, surco el camino de en medio lleno de culebras muertas en la carretera: los españoles éramos buenos y benéficos como las culebras y como a culebras nos destripan y a diario nos arrancan la piel benefactores y próceres y serpientes. Entre el deicidio y el regicidio elijo la propia muerte a manos de mí mismo. Yo soy mi propio Caín, hijo de mi pecado y sobrevivo. De la estirpe de Caín, de la piel de Caín en cada mano una quijada para salir del paraíso y sentir el frío de la vida y el hambre y la penuria de la muerte acaecida, el sudor amarillo, el ansia y la sed, el orgasmo. Entre el regicidio y el suicidio elijo el deicidio y sobrevivo pesando en la masa de un planeta condensado de una nube de gas sarin.

 

David Sánchez

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: